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| Home page > Cultura > Magazine > Artistas / Artists |
![]() Nuestra música, nuestros anónimos Por Marcos Caruso La pierna rígida, extendida, marca el final del tango. Aplausos para los bailarines. Ese cuerpo femenino que parece quebrado en los brazos de su compañero es un ariete que se clava en la mirada de la concurrencia y cada porción de ese físico trabajado es recorrido por los ojos de decenas de turistas que presencian uno de los tantos espectáculos callejeros que se ofrecen en la ciudad. Atrás quedó la coreografía preparada, los pasos practicados una y otra vez. No importa el tango que se baile. La música es un condimento más que ayuda a que el gusto por la danza ciudadana entre en los paladares de los visitantes y les ablande el bolsillo. Así sucede en cada cuadra, en cada barrio donde se montan los espectáculos bajo la modalidad a la gorra y que les permite a cientos de artistas desconocidos conseguir el dinero para sobrevivir. Los distintos escenarios donde se suceden marcan cierto sentido de esta rave espontánea, eventual. Las peatonales y las plazas son el escenario de parejas o tríos de baile, y son éstos, quizás, los que atraigan la mayor atención del visitante de la ciudad; en los pasillos de los subterráneos buscan cobijo intérpretes instrumentales y cantantes, o también en el frente de negocios o galerías comerciales que cerraron sus puertas al anochecer y que se convierten entonces en anfiteatros artificiales donde suenan guitarras y bandoneones. Pocos músicos o cantantes se establecen en lugares abiertos y de gran concurrencia. El sonido de sus instrumentos o la voz se pierde entre el ruido callejero y la urgencia del paseante. Pero ellos responden al llamado de la fidelidad y perseveran, con aquel sueño incumplido de que ahí, en ese sitio, van a tener su golpe de suerte. Se los ve siempre, con su indumentaria gastada, la mirada perdida, concentrada tal vez en su arte, y el sombrero, o el estuche de su instrumento, con algunas monedas y dólares estratégicamente expuestos. Muy distintos son los shows protagonizados por las parejas de baile. El hombre, imitando al malevo de otros tiempos; la mujer, con sus provocativos vestidos y sus medias caladas. Alejados de los pasos de la milonga auténtica, ellos saben que en cada dibujo, en cada pirueta hay mucho más que la posibilidad de un aplauso, de una exclamación aprobatoria. Es la gran vidriera de su arte, la alternativa de dictar una clase, hasta la posibilidad de un contrato. Pero la urgencia, en todos los casos, es el dinero cotidiano, el que alimenta la alternativa de contar día tras día la historia de otras épocas, cuando se integraban orquestas, o grupos de danza. Glorias pasadas y un hoy a la gorra, a la espera del reconocimiento pasajero.
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