Bar El Chino:
Una leyenda porteña


A poco de haberse estrenado en Buenos Aires la película "Bar El Chino", de Daniel Burak, Let'sTanGO! revive la memoria de un rincón de Buenos Aires que es tango, amigos, borrachera y arte.



Por Marcos Caruso

Los pasteles, en el mostrador del bar El Chino, parecen esperar a que el comensal los tome entre sus manos de la misma forma que la milonguera espera a que su hombre la lleve a bailar. Los pasteles, como el asado hecho en el patio de la antigua casa, entre macetas, como los sifones, o las botellas acomodadas en un equilibrado desorden, o las mesas a las que sólo les falta ponerle el nombre del parroquiano que insiste en sentarse siempre allí, o las fotos que se van sumando en las paredes pintadas con ilustraciones alegóricas al barrio de Pompeya, dibujos tan elementales y determinantes como el bisonte de las cuevas de Altamira, o Delfina Muñoz y los perros, que siguen esperando a que El Chino vuelva _porque él simplemente se fue, no se murió_ , el piso gastado de granito en damero y los amigos del barrio, los que siempre están, conforman la escenografía real y estable de este bar que une dos barrios porteños, según anuncia una pintada en la pared del frente: Pompeya y Parque Patricios.

Una escenografía tan real y tan estable como las manchas de humedad que insisten en colarse entre las grietas de las paredes levantadas en la primera mitad del Siglo XX y que ya no pueden disimular su color verde oscuro, en semicírculos deformes, como si fueran parte de las volutas de humo de los cigarrillos de aquellos que junto al vaso de vino miran por alguna de las dos ventanas esperando vaya a saber qué, en un silencio que sólo rompen de a ratos, con un comentario ligero, corto, a veces superficial, como para no quebrar la intimidad del otro. Acaso ahora estos parroquianos acepten un poco más la presencia de extraños, o de mujeres (porque las únicas mujeres que andaban entre las mesas eran Delfina, la compañera del Chino, o cantantes y amigas milongueras del barrio), pero el vino se sigue tomando en vasos y no en copas, las empanadas las sigue haciendo Delfina, el corte de asado se elige al pie de la parrilla y sólo algunos pueden llegar con su instrumento musical y ejecutar alguna pieza.

El tango conserva su pureza de arrabal en esa casa con puertas de madera, con dos ventanas, iluminada apenas, a pocas cuadras del descampado final donde la ciudad dice "basta" y se desdibuja en la desolación que termina en el Riachuelo. El bar es la vieja y típica construcción de a mediados del Siglo XX, a finales de 1930. Ya en la década siguiente los padres y hermanos de El Chino vivían allí y trabajaban en el almacén y bar que luego, con el paso del tiempo y como sucedió con otros despachos de la época, se convirtieron sólo en bares.

El Chino era frecuentado en esa época por hombres solos y el espacio fue llamado "Peña los amigos". Más allá del nombre, alguna que otra discusión concluía en duelo criollo no muy lejos, en los terrenos cercanos al Riachuelo. En tanto, en El Chino, las mujeres no entraban: simplemente no estaba bien visto. En ese ámbito nació Jorge Eduardo García. Y nació para morirse allí muchos años después. Su vida se desarrolló en ese barrio, en esas calles. Y a esa casa Jorge Eduardo García, cuando ya era "El Chino", llevó a su mujer, Delfina Muñoz, quien desde aquel entonces también estuvo detrás del mostrador.

Y él, más allá de ser la figura central del bar, el cantante esperado, con su voz áspera y gastada a fuerza de trasnochadas y cigarrillos, convertido ya en Jorge El Chino Garcés, disfrutaba más atendiendo las mesas, la parrilla o el mostrador. Para él, Garcés era más apellido de cantor. El García lo dejó para los amigos del barrio que nunca abandonó, porque en esas calles, en ese bar, El Chino estaba seguro de algo: "Los mejores artistas, los mejores tangos, los mejores amigos, los mejores borrachos y el mejor perro los tengo yo".

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El espíritu de El Chino

El bar sólo cerró una semana cuando Jorge García murió, hace dos años. Después, sus amigos decidieron que la leyenda continuara. Y al frente está Omar Lauría, un hombre respetado por todos por haber sido el compadre de El Chino. Es el que impuso que el bar siguiera siendo una familia, más allá de que artistas famosos o visitantes extraños hoy ocupen algunas de sus mesas. Quedó atrás la época en la que se llegaba por referencias inexactas, como por ejemplo "detrás de la cancha de Huracán, siguiendo la diagonal".


Cómo llegar: Quien decida ir de noche para disfrutar mejor el ambiente puede movilizarse con un automóvil rentado con chofer y fijar una hora de regreso.
El bar está situado en Beazley 3566 y abre todos los días.
Colectivos: 42, 46, 76 y 188

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