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El rito cotidiano del express
El gesto hecho con la mano en alto es un ícono ciudadano. Desde
cualquier mesa de algún café porteño se eleva el
brazo con el pulgar y el índice marcando una medida imaginaria
que no supera los cinco centímetros. Una paradoja de esta ciudad:
al porteño, fiel a su bar, el del barrio o del que está
cerca de su oficina, lugar al que convierte en una prolongación
de su casa, donde habla de política, de deportes, de juegos de
mesa o azar, de conquistas reales o imaginarias, o donde desarrolla teorías
incomparables para salvar no sólo su vida sino al mundo, le alcanza
con un gesto mudo, pequeño, casi inadvertido para pedir un café.
Es un gesto de confesión y complicidad compartido con el mozo.
Pero el orgullo supremo del porteño es que le sirvan su café
sin siquiera pedirlo. Es la demostración más cabal de su
sentido de la pertenencia. Tal vez éste sea el motivo por el cual
muchos antiguos cafés de Buenos Aires siguen funcionando, porque
no hay prisa cotidiana que le impida al porteño cumplir con la
costumbre diaria de tomarse un café en el bar. No es el que toma
apurado, en la oficina, o el que pide luego de un almuerzo. Es el que
tiene otro gusto, más íntimo, el que alcanza el sublime
acto de la comunión diaria.
Sobreviven hoy, por encima de las distintas cadenas que mezclan el aroma
del café con ensaladas de frutas, sándwiches italianos o
medialunas que se desvanecen al morderlas, aquellos lugares marcados por
el sentimiento porteño y dispersos por los distintos barrios.
El Tortoni (Av. de Mayo 829), un símbolo ciudadano, fue
frecuentado por Carlos Gardel, el artista plástico Benito Quinquela
Martín, el poeta Raúl González Tuñón,
o la poetisa Alfonsina Storni y también por visitantes ilustres
como el poeta español Federico García Lorca o el autor Luigi
Pirandello.
Las Violetas (Av. Rivadavia 3899), bar que inspiró al escritor
Roberto Arlt; La Giralda (Corrientes 1453), refugio de la juventud
idealista de los años '60 y '70 pero que trascendió a los
tiempos y a las modas por su chocolate caliente con churros.
En el barrio de Mataderos está el legendario Bar Oviedo, que funciona
desde 1898 en la esquina de Lisandro de la Torre y Avenida de los Corrales.
El Británico (Brasil y Defensa), frente al Parque Lezama,
famoso porque, según la leyenda, cobijaba a ex combatientes ingleses
de la Primera Guerra Mundial, y reminiscencia obligada al hablar de la
obra Sobre Héroes y Tumbas, del escritor Ernesto Sábato.
El Café Dante (Av. Boedo 745), en el barrio de Boedo, guarda
para sí el secreto de haber visto al poeta Cátulo Castillo
escribir sus letras de tango, y en Almagro está el histórico
Bar de Roberto (Bulnes 331).
En las antípodas de la ciudad y de los grupos literarios del siglo
pasado, en la esquina de la peatonal Florida y Paraguay está el
Florida Garden, que fue frecuentado por el escritor Jorge Luis
Borges y por el cineasta Leopoldo Torre Nilsson. En Recoleta, La Biela
(Av. Quintana 600), heterogénea por el renombre de sus visitantes
y por el tono de sus anécdotas; algo alejada, con una fuerte marca
intelectual y de buen gusto, en Callao al 800, está Clásica
y Moderna, una vieja librería fundada en 1938 por Francisco
Poblet, que hoy es comandada por su hija, Natu.
Distintos estilos, públicos diversos, historias personales similares
contadas cada cual con su lenguaje. Son los bares de la ciudad, donde
el porteño, entre fábulas, sueños, confesiones y
nostalgias, aparece tras el pocillo de un café.
Ver listado de bares notables.
Porteños' traditions / The daily espresso
ritual
The rising hand, thumb and index finger indicating
an imaginary measure is an urban icon at any Buenos Aires' coffee shop.
It is also a paradox. Porteños are devoted to their "own"
bar, a sort of second home where they meet to discuss politics, sports,
real or imaginary romances, a place where they develop theories tended to save not
only their own life but also to save the world. But a simple mute gesture
is enough to order a coffee. A great deal of complicity among waiter and
client.
Besides, porteños are proud to have their coffee served before even ordering
it; an absolute sense of belonging. This may be the reason why many old
cafes still survive in Buenos Aires.
El Tortoni (Av. de Mayo 829), a city symbol, was frequented by
Carlos Gardel, painter Benito Quinquela Martín, poets Raúl
González Tuñón and Alfonsina Storni, besides Federico
García Lorca and Luigi Pirandello. Las Violetas (Av. Rivadavia
3899), inspired writer Roberto Arlt; La Giralda (Corrientes 1453)
is still famous for its hot chocolate and churros (fried sweet pastry).
In Mataderos, Bar Oviedo (Lisandro de la
Torre y Avenida de los Corrales) opened in 1898. El Británico
(Brasil y Defensa), Café Dante (Boedo 745), and Bar de
Roberto (Bulnes 331) confront with the elegant Florida Garden
(Paraguay y Florida) and La Biela (Av. Quintana and Ortiz, in Recoleta).
Last but not least, in Callao 800, Clásica y Moderna is an old
bookstore (1938) managed by its founder's daughter.
Different styles and people, similar life stories told in several languages.
So are city cafés, places where porteños appear sitting in front of a coffee cup.
See list of historical cafes.
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