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Carlos Regazzoni
Arte y gastronomía en Retiro
El Gato Viejo, galería de arte, museo, teatro,
bodegón y vivienda de un personaje rimbombante y reconocido, cuya
imaginación no tiene fronteras
Es la barrera que a veces el delicado ambiente del arte porteño franquea. O es odiado. Para los primeros, llegar a ese mundo es una extravagancia. Para otros, sólo se trata de un personaje que aprovecha la chatarra para, soplete en mano, darle forma a hierros olvidados.
Carlos Regazzoni, desde hace varias décadas, se ha convertido en un personaje ciudadano a quien muchos consideran un artista excéntrico, consagrado y reconocido en Francia e Italia. Los demás no han dudado en señalarlo como "un problema".
Para llegar a él hay que dejar atrás la estación de Retiro, construida en 1914 y que gracias a su nave de piezas de hierro forjadas en Liverpool se convirtió en la obra de ingeniería ferroviaria más imponente de América del Sur.
A unas cuatro cuadras por la avenida Del Libertador, en las adyacencias
del Museo Ferroviario, aparecen coloridas esculturas de aviones,
dinosaurios, reptiles y gigantescas hormigas coloradas que trepan por
el soporte de un cartel publicitario. Es la entrada al mundo de Regazzoni:
es la recepción de El Gato Viejo, vivienda, galería de arte, museo,
teatro, bodegón y pequeña granja del artista, que se extiende en cinco
galpones que ocupan 18.000 metros, donados por la empresa Nueva Central
Argentina (NCA).
Es como entrar en el cuarto de un niño habitado por un gigante. Es participar de un fantástico decorado digno de una película de Tim Burton. Es el bestiario surgido de una imaginación sin fronteras.
Pinturas, esculturas hechas con chatarra, homenajes a Saint Exupéry, a Fangio, animales, objetos diversos utilizados como decoración y otros que están a la espera de la creatividad de Regazzoni van marcando el camino.
Patagonia, Buenos Aires y Francia
Hay una leyenda que se fue generando alrededor de este hombre de gestos ampulosos, cuerpo exagerado, rulos indomables, jeans y camisa abierta, que demuestran su constante actividad con hierros y pinceles, y de lengua áspera, sin tapujos, que nació en la Patagonia y se radicó en Buenos Aires. Que conoció París en los '90 y empezó a vivir a caballo entre las dos ciudades, trasladando su creatividad siempre en grandes espacios, como ese gesto constate ante las fotos, con los brazos abiertos, acentuando su genética italiana. Un bohemio, un décontracté, efusivo y espontáneo, que ya pasa los 60 años.

Hay un camino recorrido en este hombre que, poco después de instalado en los galpones ferroviarios (sólo de ahí proviene la denominación de artista ferroviario) comenzó a trascender no sólo por sus esculturas que hoy se pueden ver en Buenos Aires, o sus pinturas en Ezeiza y en la estación ferroviaria del ramal Mitre, o bien sus Petrosaurios en Neuquén y su Bridasaurio en Santa Cruz.
En ese camino cambiaron sólo algunas cosas: al principio se ufanaba de
que en su parrilla se hacía realidad el dicho popular "todo bicho que
camina va a parar al asador". Lo rodeaban, en aquel entonces, los
merodeadores de las vías y algún perro flaco.
Hoy, mientras alguna banda u obra de teatro actúa, en el fogón a leña
pueden estar cocinándose ravioles, costillares y verduras, cerdo a la
miel o asado. El vino abunda y, previo a sentarse a la mesa, con un vermouth
en la mano, pueden degustarse fiambres, quesos picantes, berenjenas en
escabeche, ajíes, aceitunas y panes caseros. Mientras, se recorre el atelier
a la luz de las velas y de los recipientes con fuego para observar las
obras en exposición y a la venta, valuadas entre los 2000 y 50.000 dólares.
Si un burro u otro animal de granja se cruza en el camino, sólo hay que
apartarlo. O apartarse.
Para el postre naturalmente hay queso y dulce, pasteles o pastrafrola.
Más música, baile y tragos. Y desde los playones de maniobra, los edificios de la otra ciudad, iluminados.
Un lugar para apuntalar su leyenda, ésa que Regazzoni condimenta sin disimulos, la que comienza en un camión, camino al río, destino final de las obras que le habían rechazado en el Centro Cultural Recoleta y que, al pasar por esos galpones, preguntó si no las podía dejar allí. Y luego, el reconocimiento.

Carlos Regazzoni
Art and dining in Retiro
El Gato Viejo, art gallery, museum, theater,
eatery and home of a bombastic and renowned character, with an unlimited
imagination
He's the barrier that the delicate porteños' art ambient trespasses,
once in a while. Or he is hated. For the first, getting into that world
is an extravaganza. For others, he's just a character who uses junk
to give form to abandoned irons, with a blowlamp.
In
the last decades, Carlos Regazzoni has become a city figure, who many
people consider an eccentric artist, consecrated and renowned in France
and Italy. The others don't doubt in pointing at him as "a problem".
To get to him it's necessary to left Retiro train station behind. The
station was built in 1914 and thanks to its nave made of iron pieces
shaped in Liverpool, was considered the work of railway engineering
most imposing in South America.
About four blocks from Libertador Avenue, in the surroundings of the
Railway Museum, sculptures representing planes, dinosaurs, reptiles
and huge red ants appear everywhere, even climbing the supports of an
advertising sign. It is the entry to the world of Regazzoni: the reception
for El Gato Viejo, home, art gallery, museum, theater, eatery
and a little farm, which belongs to the artist and extends in five large
sheds occupying 18,000 meters, donated by the company Nueva Central
Argentina (NCA). It's like entering a child's room inhabited by a giant.
It's to take part of a fantastic Tim Burton's set. It is the bestiary
born in an imagination with no limits. Paintings, sculptures made with
junk, tributes to Saint Exupéry, to Fangio, animals, diverse objects
uses as decoration and others, which are waiting for Regazzoni's creativity,
mark the path.
Patagonia, Buenos Aires and France
A
legend has been originated around this man of pompous gestures, exaggerated
body, uncontrollable curls, jeans and unbuttoned shirt, which demonstrate
his constant activity among irons and brushes, and a rough tongue, with
no indulgence at all, who was born in Patagonia, settle down in Buenos
Aires, knew Paris in the 90s', and started to live in both cities, simultaneously,
moving his creativity in large spaces, with his constant gesture to
the camera, opening his arms, accentuating his Italian genes. A bohemian,
a dècontracté, effusive and spontaneous, who is over 60.
There's a path walked by this man that, alter settling down in the railways
sheds (this is the reason why he's known as "railways artists"), he
started to transcend not only for his sculptures that can be seen in
Buenos Aires, but also for his paintings in Ezeiza and the railway station
of Mitre train line, and his Petrosaurius in Neuquen and his Bridasaurius
in Santa Cruz province.
Nowadays, while a band or a play is performing, ravioli, meat and vegetables,
honey
pork or a barbecue could be cooking at the firewood. Wine abounds and,
before seating at the table, you can taste vermouth with spicy cheese,
eggplant, peppers, olives and homemade bread. Meanwhile, you can stroll
around the atelier, lighted by candles, to see the artworks exhibited
and for sale, from 2,000 to 50,000 dollars. If a donkey or another animal
walks around you, just ignore it. For dessert, the classic cheese and
sweet, pies or pastafrola. And music, dance and drinks. And in the dark,
outside, the view of the other city, lighted.
A place to set legend. A legend that Regazzoni seasons with no dissimulation;
a legend that begins on a truck, on its way to the river, the final
destiny for his artworks that had been rejected at the Centro Cultural
Recoleta. So he passed by those railway sheds and asked if he could
leave them there. And then, recognition came.
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